Comisión de Comunicación

“Papeles y palabras”

Entrevista realizada por José Fernández a la Lic. Hebe Susana de Pasquale. Ex Profesora titular de la E.T.S. / Agosto de 2008. (Fragmento)

Hebe no sabía, hasta hace pocas semanas, que tenía una habilidad particular para dibujar. Y lo descubrió en un momento muy especial de su historia personal y de toda la sociedad, que hoy vive palmo a palmo las instancias del juicio contra el genocida Menéndez y otros siete genocidas. Más aún en su caso, ya que le tocó ser testigo en este juicio por ser una de las pocas personas, en Córdoba, que conoció a Hilda Flora Palacios.

Su escuela de dibujo fue la vida, no hay dudas. A ella le tocó crear, construir, soñar, imaginar, abstraerse de manera consciente de las realidades, para poder pensar un mundo distinto: hace 31 años comenzó a pintar
una obra de arte muy compleja, que requería de valor para verla consagrada. Usando el pincel de la razón, buscando elegir los mejores colores de la vida y alegría, enfrentó la tarea de educar a un niño, Martín, que Hilda dejó a su cuidado en el invierno del 77, ya que sus padres habían sido secuestrados y desaparecidos meses antes.

Aun recuerda muy bien a “La Pocha”, y le agradece haberle dado en su última cita el apellido verdadero del padre de Martín, ya que sin ese dato, nunca hubieran encontrado a la familia del joven.

¿Cómo fue estar frente a ellos ahí, en Tribunales?

Tenía miedo, no de los tipos, estaba feliz, dije algunas cosas, todo lo que pude. Tenía miedo de la responsabilidad que teníamos, porque ésta es la primera vez que se hace una cosa así. Entonces no podíamos darnos el lujo de fallar. Teníamos que trabajar con la verdad, que es lo que todo el mundo ha trabajado. Porque
no ha habido odios, ha habido verdades, dolorosas, terribles.
Una cosa que dije allí, que la pensé para decirla, fue que quienes tienen que dar cuenta de la muerte de Flora, de la “Pocha”, eran los genocidas. “Son éstos dije yo-, los genocidas. Y eso lo dijo su cuerpo, el cuerpo de la “Pocha”, con las torturas y la forma en que la mataron”. Pero hay otra cosa, que va más allá, trasciende la muerte, que es la soledad, el silencio y el vacío del papá y de la mamá que sus hijas tuvieron.

Ese vacío de papá y mamá, ese silencio, lo que ella dice después, eso trasciende la muerte, es más que la
muerte. El daño que han hecho es terrible. Y si extendemos eso a lo social, ¿cuánto daño -que a lo mejor
nosotros no somos conscientes-, nos han hecho?

Cuando yo escuché las torturas terribles que fueron capaces de hacer, yo me planteé: estas personas no son seres humanos, no quiero que sean seres humanos; porque si son seres humanos, yo pertenezco a esa
clase de seres vivientes y puedo tener algo semejante, que me parece terrible. Yo creo que esto es lo más
grave, la falta de humanidad, de reconocerse en el otro, como un semejante, el prójimo, el próximo, el más cercano.

¿Pensó que iba a estar allí?

Sí. Mi marido no quería que fuera. Nos enfrentamos, nos peleamos. Y yo le dije, en un momento… ¿por
qué no? “por Martín, porque lo puede joder, porque…”
Pensé en él, y fundamentalmente que el juicio partía de ella, la mayoría de los que estuvieron en La Perla no la conocieron ni la vieron en La Perla, y supieron de su existencia como la de otros. Pero no importa, porque ellos eran parte del escenario. Me lo planteé claro: ¿qué es lo que yo puedo y quiero decir, que pueda ser útil? Digamos, ellos pusieron el escenario de lo que fue el terrorismo de estado, La Perla, esta cuestión de muerte. Yo tenía que instalar a La “Pocha”, a Hilda, en la vida cotidiana. Tenía que instalarla como mujer, como militante, y también, como amiga de esta pareja, que de golpe se quedaba ella con ese ser humano, que era un niño, y tenía que protegerlo.

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